HUSO Y TORTERA

Cuando ya no caminaba
del campo la sacaron.
A la ciudad se la llevaron
pa que estuviera bien cuidada.
Estaba todo el día acostada;
aquí no había ni una huerta
y al lao de afuera de la puerta
en vez de pasto había cemento
infértil hasta para el pensamiento
era esa tierra muerta.

"Muy triste estará la cosa
esta de no poder caminar
pero para tejer y para hilar,
¡ahí sí que cambia la cosa!"
Y planeaba, silenciosa,
a qué negocio hincarle el diente;
y se le ocurrió de repente
que lo helao de ese invierno
era igual en campo que en pueblo
pal frío eso era indiferente.

Se puso manos a la obra
con el huso y la tortera
e hiló más fino que la seda,
sin parar ni a sol ni a sombra,
hasta que estuvo lista y pronta
su creación terminada;
un gorro de lana
como el de la canción
que presentó con emoción
a los que la cuidaban.

Se dio altiro cuenta;
mucha fe no le tenían,
por gentileza no más asentían
si ella hablaba de ventas.
Pero se puso bien contenta
cuando le llegó el primer cliente:
"Con esta prenda es suficiente
pa pasar el invierno completo";
le dijo entusiasmada a su nieto,
su comprador adolescente.

En la fábrica donde él trabajaba
grito y plata los gorritos fueron
varios encargaron los obreros;
la viejita abasto no daba.
Como arañita la lana hilaba,
y se quedaba hasta bien tarde
tomándose algún mate,
recordando que antes en esteros
se lavaba el vellón entero
y se colgaba en los alambres.

Un día dejó de hilar;
su trabajo aquí abajo había terminado.
Por supuesto muchos la lloraron
y todavía la han de llorar.
Y en cada frío invernal,
que el nieto espera impaciente,
saca su gorro de adolescente;
uno de tantos que tiene en su cajón
porque era él quien cada gorro compró
y no los obreros realmente.