LA CHONCHONA

Les vengo a contar la historia de un huaso bravo y encachao;
no creía en brujos ni duendes ¡y hasta se reía de lo rezao!
“No sea cosa que un día de estos te salga el cuco por agrandao”
le decía su madre, doña Gabriela, que mucho del campo había observao.
“Leseras no más” contestó el soberbio en su chupalla emperifollao y bromeando, 
y partía pa’ las fiestas rumbo al pueblo, galopando a caballo y una cueca silvando.

Pero las madres no hablan; las madres sentencian,
y una noche en que brillaba la luna llena inmensa,
medio cufifo venía el roto por el camino de vuelta.
Le cortaba el paso un bulto negro: No era ternero, y tampoco oveja. 
Usaba manta y también sombrero; un cristiano en la medianoche era.
“Buenas noches Gonzalito” lo saludaron, con un tono de voz tan claro y familiar, 
que seguro estaba de haber reconocío quien bajo el sombrero se había de ocultar:
“Doña María, buenas noches, ¿qué anda haciendo en el camino a esta hora?”.
Se le aconcharon los meaos al chorito: Decían que la viejita era chonchona…
“Viendo lo que me trae la noche…” habló la iñora, como si una broma dijera; 
porque viendo no podía andar; viendo no, porque de siempre era ciega:
“Y tú, tan tarde que andai en la noche, anda a acompañar a tu madre altiro.
Cuando salís se preocupa la pobre, queda rezando y con el alma en un hilo”.
Como buen cabro al Gonzalo no le pareció la llamá de atención, 
y con la arrogancia que siempre tenía, a su vecina altiro contestó:
“Los perros acompañan; yo prefiero el vino tinto.
Si tanto le preocupa, vaya usté’ pal rancho mío.
Yo soy un huaso joven, encachao y bien bravío;
en asuntos de las viejas jamás nunca me he metío”.

La anciana se quitó el sombrero, dejando a la vista sus ojos de ciega, 
que clavó en la cara del huaso; blancos ojos, como lunas llenas:
“Perdone, don Gonzalo, si mi hablar lo ha ofendío.
Disculpe a esta pobre vieja, y siga no más su camino.
Una cosita antes que se vaya no más le quiero dejar dicho:
A andar al lado de su madre, usté’ bien pronto habrá aprendío”.

El huaso ni escuchó a la doña, y echó no más a correr su caballo.
Se levantó de repente un viento sur; un viento raro, un viento extraño.
El potro se paró en dos patas, cosa que nunca había hecho:
De la montura botó al jinete, y se largó a correr bien lejos.
“¡Condenao animal éste, me voy a tener que ir caminando!”
dijo enojao, aunque la verdad lo dijo más pa’ ir espantando
el miedo que le empezaba a andar por el espinazo gateando.
Y no alcanzó a dar dos pasos; como saco e’ papas cayó al suelo;
Caminar sí podía; pero, y entonces, ¿qué era aquello?
Algo le molestaba en las canillas, bajo sus lustrosas botas de huaso;
se las sacó, y por la virgen, no creyó lo que ahora estaba contemplando:
¡Las rodillas al revés se le estaban acomodando!
Se las trató de sujetar, pero tampoco eso podía,
¡porque lo mismo en los codos también le acontecía…!
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Por cuanto monte y quebrada doña Gabriela buscó a su hijo,
sin más compañía andaba que a su lado siempre un quiltrito,
que llegó esa noche a la casa cuando el Gonzalo se hubo perdío.
Pa’ todos partes con ella deambulaba el fiel perrito;
le ladraba a doña María cuando la veía en el camino...