Gonzalo.

Le latía fuerte el corazón. Gonzalo terminó su turno, fue hasta el baño de la fábrica, y en una de las casetas abrió su mochila. Al interior, de un color negro brillante, suave, electrizante, estaba el hábito que en tantas obras de teatro usó cuando era joven, y pertenecía a una compañía itinerante. Se lo puso, dejó la mochila en su casillero, y salió hasta la plaza que está en Alameda con Teatinos, en el metro Moneda. Era una tarde de otoño, el cielo estaba gris y tachonado de nubes. Y corría una brisa suave. Todo estaba planeado, como siempre lo había soñado. Ubicó prolijamente cada audífono en su oído respectivo, y pulsó ‘play’ en su mp3. Rió: Otra melodía sonó. Apretó “Rewind”, y el sonido de unos instrumentos de medio oriente le hicieron saber que había encontrado la canción correcta. Esperó el preludio de “The Highwayman”, de Loreena Mckennitt. Justo en el momento en el que hay un quiebre y comienzan a sonar unos tambores, Gonzalo acomoda la capucha sobre su cara: No, no es vergüenza, pero no quiere que nadie lo vea. Y en cuanto la voz de Loreena llega a completar la melodía, él echa a andar. Su caminar es suave, al ritmo de la canción, con la cabeza gacha. La brisa se convierte en viento otoñal, y levanta su hábito, magnífico, por el bandejón de la alameda. Camina hacia el mar. Los árboles, que siempre son mudos, generan sonidos fantásticos con sus hojas. “Mamá, mira…” dice un niño, desde el interior de un auto. Y todos los pasajeros de todas las micros y de todos los colectivos y de todos los autos, y hasta los que salían o entraban al metro, quedan sorprendidos de lo que ven: Un monje, con la cara cubierta por su capucha negra, avanza lentamente entre los asientos de la plaza que está en medio de ambas vías. Gonzalo sabe que lo observan, y una risa nerviosa lo saca un momento de su papel de emisario divino. Al llegar al sector de las ciclo vías, algunos ciclistas se hacen a un lado, con reverencia; otros le gritan improperios por ver a un peatón caminando en el lugar donde deben pasar las bicicletas. Pero no importa: Él sólo oye la música que le entrega su mp3, y tal vez ese sonido misterioso que hacen los árboles. Los novios y amantes que están a su alrededor sienten su pasión encendida ante el paso del enigmático personaje, y creen que todo es posible. El viento sigue moviendo sus ropajes, como cómplices de la elegante performance de la que Santiago es testigo. Gonzalo sigue su paso, hasta que quedan frente al él, ya en Estación Central, dos carabineros. Uno de ellos, el cabo Pérez, más que cumplir con su deber quiere saber quién será el que se oculta bajo el oscuro hábito. “Buenas tardes”, le dice. “Facilíteme su carné por favor”. Gonzalo se quita los audífonos bajo el capuchón, mete la mano a su bolsillo, y saca su billetera. A través de la abertura por la que mira busca hasta que encuentra el carné. El carabinero lo observa, ante el silencio de su compañero, y sigue con su fascinación: “Ahora, quítese la capucha para comprobar su identidad”. No, el cabo Pérez no sabía de cumplir con su deber en ese momento; quería ser el alquimista que convirtiera a un personaje mágico de otros tiempos en un mortal. Quería ese crédito. Gonzalo se quitó la capucha, y lo miró fijamente, humillado por semejante vejación. Saciada la curiosidad del representante de la ley, ordenó a Gonzalo seguir su camino. Pero éste ya no pudo. No sabía qué hacer. Se sentía desnudo, en plena calle, con tantos ojos que no se podían contar observándolo. Caminó rápido a una shopería, pagó $150 por el baño (luego de rogarle a la mujer de la barra que, a pesar de que él no era cliente, debía usar el baño con urgencia), y se quitó el hábito. Se miró al espejo: Quedó otra vez con su camisa de color casi blanco, con líneas suaves, dentro del pantalón, como encarcelado por el cinturón, que lo apretaba un poco. Se corrió un hoyito más la hebilla para sentir algo de libertad. Echó una mirada resignada a su pantalón café y a sus zapatos negros; estos últimos, los únicos que conservaban en su suela un poco de tierra del paseo fantástico que acababa de dar. Salió con el hábito amuñado en la mano, y le pidió a la mujer una bolsa; luego de balbucear ésta algo inentendible (pero con molestia, claro está), sacó de debajo de la barra una bolsa de Líder, y se la dio a Gonzalo, pidiéndole con todo el cuerpo que se marche ya de la cantina. Así lo entendió él, y salió con su traje en la bolsa. Caminó hasta Velásquez con Alameda, sacó la Bip! de su billetera (donde estaba su carné, mirándolo, observando su derrota; su misma cara, como mofándose), hizo parar la micro, y subió. El MP3 se mantuvo apagado todo el camino de vuelta a su casa, en el bolsillo. Los árboles a un costado de la ruta tampoco dijeron nada: Habían vuelto a ser mudos.

5 comentarios:

Karutesu dijo...

En serio o esto lo inventaste?? :O ... Me dio pena, hay tanta gente acomplejada que te kga la onda cuando estás con las vibras al máximo. Cuando lo veas, le mandas un abrazote de mi parte. Quedé p'adentro con tu publicación: una vez más, felicitaciones, porque me gustó. :)

'A-DHÁM dijo...

Muchas gracias por tu comentario, y quñe bueno que te gustó. Como ya sabes, ú opinión es una de las que me importa, y harto. Este escrito, "Gonzalo", es una mezcla de imaginación y realidad. Le daré tus saludos al protagonista cuando lo vea ;)

Karutesu dijo...

n.n

Pamela Poblete Quiroz dijo...

Que buena historia y muy real si la podemos en cada situación donde hemos tenido la misma experiencia de él. Cambiada el momento y el personaje pero cuantas veces nos hemos sentido que no apagan la magia, esa magia q todo ser humano necesita alimentarse, esa que libremente no llena de tranquilidad y emoción. Por qué ver en las cosas distintas un tipo de espanto?....por qué no rompe la rutina con juego mágicos?.. hya que tener valentia apra jugar estos días....
saludos
y que salgan mas historias!!

'A-DHÁM dijo...

Ser valiente y romper la rutina con juegos mágicos... Toda la razón.