DINERITO

A ver, a ver, cómo lo he de conseguir.
Lo más efectivo ha sido siempre mentir.
No duermo por las noches pensando
¡Qué sería de mí si me estuviese faltando!

Mis sueños son de tensa vigilia,
y me vienen de pronto horrendas pesadillas
en las que al Banco consulto,
pero el banquero es un pulpo
que huye, y en sus ventosas adheridas
¡las preciadas ganancias de toda mi vida!

Agitado, despierto:
Debo saber si es cierto.
Mi esposa me dice: “Ya calma”,
pero yo sé que no tiene alma.
Quiere mi dinero, como todos;
piel de oveja, mirada de lobo.
¿Y qué tal si envenenó mi desayuno?
“No querida; hoy ayuno”.
Quiere que muera, lo sospecho,
y me engaña con sus besos.

Mando buscar a mi chofer;
bencina en sus manos puedo oler.
¿Y si aquello que en mi auto iba a reparar
es en verdad una bomba que me hará estallar?
Quiere mi dinero; como todos.
Piel de oveja, mirada de lobo.

A un taxi ordeno llamar,
rogando que el conductor no me quiera raptar.
Ni mis hermanos pagarían el rescate;
cómo, si ellos sólo quieren mi parte
de la cuantiosa herencia que nos dejó mi madre,
que ella obtuvo cuando mató a mi padre.
Quieren mi dinero, como todos;
piel de oveja, mirada de lobo.

“¡Rápido, al Banco!”
le digo al taxista casi en llanto.
El desconocido asiente con un gesto,
pero su estornudo revela algo siniestro.
“Antes, por la clínica hemos de pasar;
no sea que me vaya usted su resfrío a contagiar”,
que para administrar mis numerosas cuentas,
debo tener altas las defensas.
¡Hay, de los pobres hombres que somos ricos!
Porque hasta las enfermedades nos quieren hacer añicos.

El doctor por un rato me examina, y dice:
“Usted está muy bien; no se complique”.
Pero este avaro miente; yo lo sé.
Me dicen que estoy mal mis ganas de toser.
Tal vez se ha confabulado
con mi mujer y mis hermanos;
con el chofer y el taxista
para que yo ya no exista.
Quiere mi dinero, como todos;
piel de oveja, mirada de lobo.

Al taxi vuelvo a toda prisa,
pero una anciana y su sonrisa
mi paso hace frenar:
“¡Una monedita, por piedad!”.
Pero ya lo decía mi padre:
“Se acostumbraron estos miserables
a vivir a expensas de nosotros,
los más ricos y poderosos”.
“No señora, ni una sola le daré.
Pero una gran verdad en su cara le diré:
Quiere usted mi dinero, como todos;
piel de oveja, mirada de lobo”.

Dejo atrás a la miserable
y a su ambición detestable.
Y por fin arribo al Banco;
donde mi ejecutivo llego de un salto.
Lo cojo, feroz, de la solapa,
y le grito con voz alta:
“¡Cómo están mis ahorros, mis depósitos!
Que una pesadilla me ha dejado atónito.
¡Cómo están mis fondos mutuos!
¡Dímelo ya, hirsuto!”

“Señor, por favor, tranquilo;
me trata usted como si fuese yo un pillo.
Tome asiento, y no se agite,
y permita, por favor, que le explique”.
Se acomoda entonces la camisa,
y la corbata sin prisa.
Se ve que son de buena calidad:
con mi dinero este ladrón las debió pagar.

“Verá usted, estimado cliente,
que a veces el mercado se resiente.
La tierra no deja de producir,
ni la población se frenó de consumir.
Pero hay que inventar de cuando en cuando
algo que mutile a quien va progresando.
¿O acaso se imagina usted a todos ricos?
¡Quién destaparía su baño cuando esté estreñido!
Es necesaria la mano de obra barata,
y eso se logra al comportarse como ratas
y crear cada cierto tiempo una hecatombe;
“Crisis” es que lleva por nombre”.

“Sí, mi buen amigo;
fue ella quien acabó contigo.
La temida Crisis Financiera
es la pesadilla que tus miedos tejiera”.

“¡No me faltes el respeto!”, le ordeno,
afirmando la voz, porque ya temo
el resultado de esta conversación,
y se me acelera el corazón.

“¡Quién te crees miserable,
para venir a ordenarme!”
dice fuera de sí, con ira;
y con astucia de lobo me mira:
“Ya no tienes ni un centavo;
en la ruina te has quedado.
¡Y vienes altanero hasta mí,
para tus limosnas pedir!
Pero ya lo decía mi padre:
“Se acostumbraron estos miserables
a vivir a expensas de nosotros,
los más ricos y poderosos””.
Dicho esto le empezó a salir pelo,
y su cabeza a la de un lobo cambió en un parpadeo.

Saltó sobre mi silla, y de un rugido
araña y desgarra mis bolsillos.
¡Está engullendo mi chequera,
mis billetes y mis monedas!

Aúlla, dejando ver sus afilados colmillos:
“Tu sentencia, Señor Dinerito, te digo:
Toda la salud y seguridad
que alguna vez pudiste comprar;
todo el amor y la paz…
¡A partir de ahora no serán más!
Todo tu mundo, en tanto,
sólo será miseria y quebranto.
Para ti será peor vivir, que estar muerto;
desde hoy, mi amigo: ¡Pobre te has vuelto!”

Despierto gritando;
sudando y llorando.
Mi esposa, con voz sencilla
me dice: “Fue una pesadilla”.
Sus dulces palabras no me hacen daño,
y su mirada está libre de engaños.
¡Cómo pude pensar
que me quisiera eliminar!
La lección ha sido aprendida;
a partir de hoy, cambiaré toda mi vida.

Y feliz de estar despierto,
con los ojos bien abiertos,
me entrego en un abrazo
y me acurruco en su regazo.
“Querida, tantas veces te he acariciado,
y hoy me doy cuenta; no te has depilado”.
Pero los largos pelos llenan su cuerpo,
y un grito horrendo aúlla con lamento.
Espantado me alejo de la habitación,
sin poder creer tal aberración.
Pero de un salto descomunal me intercepta,
y cierro los ojos, como quien su muerte acepta.
Y mientras sus colmillos devoran mis entrañas
se detiene un momento, y a mi oído exclama:
“Quiero tu dinero, como todos…
Piel de oveja, mirada de lobo”.

5 comentarios:

Kaiser dijo...

muy bueno

Kaiser dijo...

Muy bueno, el dinero logra quitarte hasta el sueño y en algunos hasta la vida...

'A-DHÁM dijo...

Muy cierto amigo Kaiser. Gracias por comentar.

Tito dijo...

Buenisimo estimado!... congrats!

'A-DHÁM dijo...

Gracias Tito!!!