Francisco

Hoy Francisco vería a unos desconocidos que le darían la droga. A eso de las 4 de la tarde, temblaba entero. Se despidió de su amigo y compañero de trabajo, y caminó al metro. Se bajó en la estación en cuestión; no podía pensar en nada más que en el placer. Todo el día lo había tenido en la cabeza.

El día estaba gris. Avanzó, se quitó los audífonos, y subió las escaleras del edificio. “¡Mierda!” exclamó; había olvidado comprar la jeringa. Bajó corriendo, y repitiéndose en voz alta “¡qué estoy haciendo!”. A pesar de su condición, el nunca creyó ser un drogadicto. ¡En fin! Preguntó a un vendedor de diarios dónde estaba la farmacia más cercana. “En la esquina hay una, y la otra… Está frente a usted”. La euforia no le había permitido verla. Sí; estaba eufórico. El corazón le latía a mil, y le temblaban las piernas (para quien no es o no fue drogadicto, no pediré que lo entiendan). Compró la jeringa, y retomó su ambiguo y a la vez seguro andar.

Subió las escaleras, llegó al departamento 16, y tocó el timbre. Tardaron en abrir. Apareció un muchacho de unos 26 años, evidentemente drogado, y en estado de embriaguez. “¿Francisco?” preguntó, antes de que él le dijera que venía de parte de Víctor. “Pasa. Espérame ahí, te la traigo altiro”. El chico se perdió en un pasillo. El lugar era oscuro (Francisco pulsó el interruptor, pero la luz no se encendió), algo sucio, y húmedo; era obvio, por el olor. “Oye, págame primero, y de ahí te la traigo” se devolvió el chico, algo molesto. “Creo que no es buena idea” dijo Francisco, sin saber cómo su boca había articulado esa frase. El desconocido de pronto se movió como serpiente enrollada en la rama de un árbol de conocimiento, articuló veloz la frase: “Pero... ¿Te vas a quedar sin probarla? Esta no la has probado nunca, estoy seguro". Y eso bastó. Francisco sacó los $10000 de su bolsillo, y los entregó, como un cordero de papel doblado en vertical. “Ponte cómodo mientras” exclamó el muchacho en tono algo burlón.

De su mochila, Francisco sacó una tira un poco ensangrentada, y la jeringa nueva. Amarró su brazo, y de inmediato empezó a sentir el latido de la vena más gruesa que recorre su brazo izquierdo. Se dio una fuerte palmada en la alargada hinchazón, que quería saltar de su extremidad. “Toma”. Frente a él, la sustancia por la que hacía todo esto. Lentamente, como quien desnuda a una amante prohibida, Francisco fue llenando del fascinante contenido el recipiente plástico de la jeringa. Sí; era fascinante. Su sabor, su textura, su olor… Fascinaban. Listo esto, y ante los ojos expectantes de su observador anónimo, que parecía alentarlo en silencio, Francisco haló con fuerza la tira (sintió entre los dientes el sabor de los restos de su propia sangre [¿así sabe la sangre limpia?]), y clavó la aguja en su vena. Lentamente comenzó a empujar el contenido de la poderosa e influyente droga. Su observador estaba impaciente, exaltado, como animal hambriento a punto de saltar. Francisco lo ve, y se desclava la aguja, sin saber cómo su mano derecha articuló tal movimiento sin siquiera inyectar el contenido. “¿Quieres?” le dice al muchacho. Éste arranca con inusual fuerza la jeringa de sus manos, y la clava en algún lugar de su propio brazo. Se contornea, y parpadea. Lo está disfrutando. Todo. Es Francisco ahora quien observa, en silencio.- Su celular suena. Sin ver quién es, siente vergüenza de contestar estando en ese lugar, y lo apaga. “Ahora, dame mi parte” le dice al desconocido. “Por $10000 más, eso sí. Un pinchazo por diez lucas no más po’s cabrito”. Francisco se molesta un poco. Piensa en golpearlo, pero sabe que aquí no conoce a nadie, y sintió algunos ruidos en las piezas aledañas. Pensó: Aún tiene $15000 más en el bolsillo; se los dejaría hoy a su abuela, a quien sus tíos le han reunido algo de dinero para comprar medicamentos, y quizás también una costosa operación que, probablemente, la haría caminar de nuevo. Este pensamiento lo frena de inmediato. Pero algo más ocurre.- Escucha los quejidos del drogadicto de la pieza contigua. Ve cómo su desconocido compañero ordena todo, ya sin el breve efecto de la droga. “Está bien, flaco. Quédate con la jeringa; me voy. ¿Me dejas pasar al baño?”.

El lugar apesta. Se lava las manos, se moja el brazo un poco, y baja de nuevo su camisa, cubriéndolo. Se mira al espejo, al tiempo en que moja su cara. Se mira: Tiene lindos ojos. Hacía tiempo no lo notaba. Y le gusta aquella mueca que se le marca en la mejilla. Una desconocida sensación de entender lo sacude. Abre la puerta del baño, y avanza por el pasillo húmedo. El desconocido lo acompaña a la puerta, al tiempo en que se apresura a cerrar la entrada a la habitación contigua, donde Francisco alcanza a ver a otro muchacho, inyectándose. “¡Pobre de él!” piensa, sin siquiera tener ordenada la frase en la cabeza.

“Chao” se despide, y baja las escaleras. Un vecino curioso lo observa, como si supiera lo que hizo. “No me conoce” se dice, y se tranquiliza al llegar al primer piso.

El cielo está justo en ese punto en que no se sabe si es de día o de noche. Por primera vez -se da cuenta- salió de uno de estos encuentros para drogarse, sin estar drogado. Una desconocida sensación de bienestar lo sacude. Enciende su celular, y aparece en la pantalla el saludo de bienvenida que hacía unos días le había puesto: “De algo hay que morirse”. “¿Aló, abuelita? Espéreme con once, porque la voy a ver”. Se puso los audífonos, y al ritmo de Massive Attack caminó a la estación de metro.


Foto de Santiago, educarchile.cl

No hay comentarios: