LAS ÁNIMAS Y LA NOCHE...

Se reunieron esa noche las ánimas,
con ánimos de vivir.
“Al asomar los primeros rayos del sol,
del cementerio hemos de salir”.

Se pusieron sus mejores trajes;
Sombreros de otros tiempos,
vestidos largos y elegantes,
y carruajes de andar lento.

Caminaron en procesión
a la entrada del campo santo,
atentos por si alguien pasaba,
para no llenarle de espanto.

Sus corazones de tierra seca
emocionados con tal alboroto,
latieron otra vez, de nuevo,
provocando un terremoto
en sus huesos de tanto crujir
que habían ya olvidado el sueño de vivir.

El que cuida las tumbas
muy temprano llegó aquella mañana
cuando la niebla y la penumbra
aún cuelgan de las ramas.

Todos al verle corrieron
y tras las lápidas se escondieron.
El candado negro se abrió
y de nuevo no se cerró.

Al ver de par en par la puerta
abierta como sus mausoleos,
algunos de los ilusionados
las ganas de salir no resistieron.
Y desobedeciendo toda orden dada
como niños corrieron;
¡qué tragedia la de ellos!
¿Acaso no les dijeron
que nunca un ánima de noche
ha de salir del cementerio?
Atrapados bajo el pavimento
de la calle adjunta quedaron.
Ahora su tumba es más grande,
y oprobio a su memoria han acarreado;
hasta los muchachos del pueblo
su nueva lápida han pisoteado.

Los más sabios y pacientes esperan,
llenos de ilusión, de esperanza mudos
a que la aurora esquiva se asome
por los impetuosos cielos de Junio.

Pero quisieron ese día
el infierno y la providencia
jugaros mala broma
y han tenido la ocurrencia
de hacer más larga la noche
para probar vuestra paciencia;
la de todas aquellas ánimas
para las que la vida ese día empieza.

Al ver tan oscuro velo
prolongarse al mediodía,
mustios cantos entonaron,
y a sus tumbas regresaron.
Atrás los bríos quedaron
de entre los vivos residir;
y resignados se decían;
“Por algo hubimos de morir”.

Cuando por fin se alzó el sol
cortando de nubes el velo,
iluminando los pasadizos
del lúgubre cementerio,
las ánimas ya dormían
y ni cuenta se dieron,
que a toda prisa la vida
las despertaba de su sueño.
¡Si tan solo un poco más
hubiesen seguido despiertos!

Desde entonces su carcelero
sólo abre el camposanto
una vez que el día
hace pleno su canto;
con ello dictó condena
para las almas en pena
porque nunca más en la aurora
la puerta estuvo abierta.

Rememorando aquella ocasión,
cuando los vivos descansan,
hacen una fiesta los muertos,
fiesta al fin, pero de nostalgias
rememorando la noche más larga
en la que casi vuelven a casa.

Ya sabéis si es que de paso
entre tumbas y pasadizos
oís una risa opaca;
no es el viento; no, él no ha sido.
Son las ánimas que cantan
de su vida bajo tierra
de la fiesta que comienza
cuando la entrada se cierra.
Cuando los vivos vuelven a sus quehaceres
versos hechos en noble arte
narran la noche más larga del año…
¿Te animas a quedarte?

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