LA SANTA

Se condena La Santa
en su fuego, pureza.
En la mirada de un alma
ardiendo en la hoguera.

Se condena La Santa
en la fe de sus muchos,
en su panza regordeta,
en el hambre fuera de sus muros.

Se condena La Santa
en las venas transparentes
de un feto enterrado
por una novia del Señor.
¡Maldita serás, impura!
Maldito el santo que lo engendró…

Se condena La Santa
en el llanto de niños
sin brazos, sin piernas,
sin madre, sin Dios.
El horror de la guerra
bendita por ella;
malditas de nuevo
tu carne, tu voz.

Se condena La Santa
en la oración final
de un carpintero judío
que a nadie hizo mal;
colgado y clavado
en odio y maldad,
rogando a Dios
a La Santa perdonar.

Se condena La Santa;
es su juez la inocencia
medio escondida en pasillos
de sacrosantas iglesias.
El horror que prosigue;
del que no hablaremos.
El predicador murmura
a su aprendiz pequeño:
“Bajo este hábito santo
guardo sucios secretos”.

Se condena La Santa;
observad su apariencia.
Descuidada en amor,
mas cuidando riquezas.

Se condena La Santa;
¡guía ciega, no ves!
Para qué la humildad,
si ambicionas poder.

Se condena La Santa,
su ropaje, opulencia,
a montones por años
de vender indulgencias.

Se condena La Santa
por decir: “¡He ayudado!”
manteniendo en engaño
a su voluntariado.
Y si estos supieran
quién les hace el llamado;
es La Santa que pisa
en veredas de mármol,
que condena pobrezas
desde un trono dorado.
Se condena La Santa:
¡Es de sobras que ha dado!

Se condena La Santa
en sus concilios secretos
santificando a mundanos
con apócrifos sellos.

Se condena La Santa
preparó ella el fuego
para quemar los rollos
del arameo y hebreo.
Mas… No proviene de estos
tan demoníaco deseo.

Se condena La Santa;
no ha podido calmar
la inquietud de los hombres,
los que enseñó a rezar.
Y un niño pregunta:
“Y el Señor: ¿Dónde está?”.
Pero calla La Santa:
No sabe a él contestar.

Se condena La Santa
por cuidar en su seno
a deseosos de niños;
pecadores obscenos.
“Desheredada has quedado
de la paz de mi reino.
¡Si a los que son como niños
pertenecen los cielos!”.

Se condena La Santa
eres prole de víboras
que predicas veneno
y me niegas el cielo.
Me has hecho ignorante
de tu Dios y su reino,
de la paz tan ansiada,
del amor verdadero.
Y en tus dogmas errados…
Yo también me condeno.

Se condena La Santa
a eterna soledad.
A recordar sus pecados;
su despreciable obrar.
A los fantasmas de muchos
quemados tras el altar
de un mundo crucificado
que no la perdona más.

Se condena La Santa,
y ya escrito está esto…
“Hermosura por fuera;
podredumbre por dentro”.


2 comentarios:

cesar dijo...

otro clasico.

'A-DHÁM dijo...

Los clásicos nunca pasan de moda, je,je, gracias por tu comentario.