EL ACUSADO

No podía creerlo: Yo, un hombre bondadoso e intachable, era acusado de la violación de mi hermano de 7 años. Mi esposa y mi hijo de 2 meses de edad estaban entre los asistentes al juicio. Frente a mí, el juez, un hombre de color de unos 50 años, acomodaba sus anteojos y miraba algunos papeles. Y a mi derecha, Harry, el abogado que había tomado mi caso. Y a unos metros de él, el fiscal Mauricio Montesinos, el hombre que me acusaba.

La corte entró en sesión. El fiscal aseguró a todos, sin un ápice de remordimiento, que la noche del 27 de Marzo, hacía apenas una semana atrás, alrededor de las 21:45 yo, Joaquín Gutiérrez, había violado a mi hermano de 7 años, Emilio Gutiérrez Norambuena. Ante cada acusación del mentiroso, mi abogado lanzaba contundentes pruebas de que yo no era culpable. Sin embargo, Mauricio Montesinos era muy persuasivo en su habla, y casi todos asentían cuando él decía algún disparate.

Cuando fue mi turno de declarar, no me hicieron subir al estrado, sino que acercaron un pequeño micrófono hasta donde yo estaba, y me dijeron que hablara algo en mi defensa. Acomodándome las esposas, dije: “Soy inocente. Estoy confiado de que no se podrán hallar pruebas en mi contra, simplemente porque no las hay. Yo no violé a mi hermano. Estoy seguro de que si el pequeño Emilio estuviese aquí, diría la verdad”. Todos guardaron silencio, como si supieran algo que yo no. Noté que la sala de la corte tenía una suerte de “biombo”, un muro que la dividía.

Cuando dije que “si mi hermano Emilio estuviese aquí…”, el Juez miró al espacio que había tras el muro divisorio; por el reflejo en las ventanas vi el rostro de Emilio, triste, vulnerado por algún miserable que debía andar en las calles, libre, cometiendo aberraciones con los más pequeñitos, mientras aquí casi todos pensaban que yo era culpable. El Juez lanzó una mirada inquisitoria a Emilio, creyendo que yo aún no había notado que mi hermanito estaba allí, escondido de mí al otro lado de la sala. “¿Alguien tiene algo que decir? ¿Fue Joaquín Gutiérrez quien violó a su hermano de 7 años, Emilio Gutiérrez? ¿O acaso Joaquín Gutiérrez es inocente?”. La desfachatez con la que se me acusaba resultaba brutal, pero sé que el Juez lo dijo para que Emilio hablara, para que dijera si había sido yo o no su atacante. Yo quería gritarle a Emilio que declarara, que les dijera a todos que yo era inocente, pero si notaban que yo veía a Emilio desde mi lugar, se lo llevarían de inmediato como medida de protección.

Emilio guardó silencio. Pareció no escuchar las palabras del Juez; su mirada siguió perdida, observando hacia la nada, tal vez imaginando sus juegos y sus carreras de niño que nunca más disfrutaría con la libertad que todos los niños tienen por derecho… Me levante furioso y grité: “¡Soy inocente! ¡El violador de mi hermano debe estar libre, tal vez aquí mismo, riendo porque no lo encontraron, mientras ustedes están aquí buscando pruebas a toda costa en mi contra, en vez de ir a buscarlo! ¡Salgan a buscar al responsable…!”. El Juez golpeó varias veces con su martillo, ordenó deliberar al jurado, y tal vez movidos por mi arranque de ira, la sentencia no se hizo esperar: “15 años por violación a un menor de edad”. 2 gendarmes que vestían de un color triste me sacaron de la sala. Mi mujer y mi hijo lloraban, y los dejaron acercarse a despedirse. Traté de ver a Emilio, pero no lo logré.

Me subieron rápidamente a un furgón grande, verde oscuro, y maloliente. Comenzó a moverse. Pensé en mi mujer y mi pequeño, y lloré. Nadie me había explicado cuándo podrían visitarme, o por cuánto rato; si podría llamarlos, o escribirles. Estaba muy confundido, y sentí que ellos estaban afuera, desamparados, sin nadie que los protegiera.

El viaje fue largo, pero a la vez, breve. Breve porque no logré ordenar pensamientos que aparecían y desaparecían en mi cabeza. Giraba la cabeza queriendo dejar de mirar esos pensamientos, pero el vehículo no tenía ventanas, y siempre me topaba con oscuridad, y más pensamientos. Aberrantes pensamientos de lo que le había ocurrido a mi hermanito, de mi familia solitaria y apuntada con el dedo por todos…

No me di cuenta en qué momento nos detuvimos. Sólo sentí a las puertas traseras abrirse en un rugido metálico, y al sol golpeándome los ojos. “Llegamos” me dijo el que abrió las puertas. “Bienvenido a tu nueva casa, pedófilo. Tienes suerte de no ir a la Cárcel 5 ♦, pero no creas que te vamos a hacer fácil las cosas. Si de mí dependiera, todos ustedes deberían estar muertos” exclamó, y me dio un golpe en la nuca que me dejó aturdido, y que luego me enteré fue con un garrote de madera.

(Cárcel en donde iban a parar todos los delincuentes de la ciudad, la más antigua, nombrada y peligrosa. Hacía un año que se había implementado un nuevo sistema carcelario, en donde la reclusión de quien delinquía por primera vez se hacía en una cárcel diferente, con mejores condiciones que Cárcel 5)

Recordé todas las historias que se contaban de lo que le hacían a los violadores en las cárceles, y me preparé mentalmente para repeler al o a los posibles agresores; los golpearía en testículos y ojos, los ahorcaría, o comería su nariz si fuese necesario al defenderme. Todo esto lo pensaba mientras me conducían por un largo pasillo, en donde todas las celdas estaban vacías. Llegué donde un guardia que me ordenó desnudarme, me dio un uniforme naranja, y se quedó con mis cosas; entre ellas, mi billetera, con la única foto de mi familia que tenía ahora. “¿Qué va a pasar con mi ropa?” le pregunté. “Te la voy a envolver en un lindo paquete de regalo, y te la voy a ir a dejar para navidad, qué te parece” me respondió, sarcástico. “¡Camina!” me ordenó el otro, el que me llevaba. No me moví. “Quiero la foto que está en mi billetera” dije. Ambos se miraron. El que tenía mis cosas revisó mi billetera: “Qué lindo niño tienes. ¿A este también lo violaste?”. En un segundo me apoyé con ambas manos esposadas en el mesón, pasé al otro lado, y comencé a golpear con mi cabeza su nariz. No me detuve, aunque sentía azotes de varas en mi espalda. De pronto todos los músculos se me contrajeron, y sentí un dolor horrendo que me recorría el cuerpo; era electroshock. Me lo había ganado por conflictivo. No podía levantarme, temblaba, y en ese estado el que ya me traía y otros dos que no sé de dónde aparecieron me arrastraron hasta una celda. Cuando ya me encerraron y se iban, el mismo que antes me había golpeado afuera en la nuca, saca algo de su bolsillo, y me dice: “Toma”. Era la foto de mi esposa y mi hijo.

Esa noche no me di cuenta de cuándo me dormí; entré en algún estado parecido a dormir, mezcla de pesadillas, alucinaciones, y estar despierto, hasta la madrugada. Luego no recuerdo más, hasta cuando ya estaba de día, y un gendarme me gritó que despertara. “Tu desayuno” me dijo. “Te voy a llevar a otra celda, compartida, para que conozcas a tu nuevo amorcito”. Desde que había llegado aquí no había visto a otro preso. Sólo celdas vacías y sospechosamente limpias. La cárcel entera estaba despoblada, salvo por tres o cuatro gendarmes.

“Alberto, te llegó compañía” le dijo el guardia. Alberto era un hombre de anteojos, delgado y alto, vestido sencillamente de ropas oscuras, como de mi edad. “Hola” me dijo, tendiéndome la mano. Lo saludé con algo de desconfianza. “Bien, los dejo” digo Arnoldo (luego me enteré que ese gendarme se llamaba Arnoldo, amigo de Patricio, el otro gendarme que la tarde anterior me había dado un golpe en la cabeza, pero también la foto de mi familia). “¿Por qué estás aquí?” preguntó Alberto, con amabilidad. Claramente este hombre no representaba peligro alguno, y le dije: “Por violación. A un niño. Me acusaron de violar a mi hermano. Pero soy inocente”. Me observó como si una acusación tan aberrante no lo sorprendiera, o asqueara. “Y tú, ¿Por qué…?”, pero me interrumpió: “Por asesinato. Me acusan de asesinar a mi esposa. Pero soy inocente”. Su expresión cambió a una profunda tristeza, y miró hacia la ventana de su celda, por la que entraba mucha luz solar, que hacía de aquí un lugar mucho más iluminado que el que yo había habitado unas horas atrás. Yo sabía cómo se sentía este hombre inocente encarcelado, pero fui incapaz de decirle algo que lo consolara; cómo, si yo mismo no lograba paz de forma alguna. “¿Cuánto llevas aquí?” pregunté, para evitar un poco su tristeza. “8 años” me dijo; “8 años en los que nunca ha llegado otro preso aquí”.

-“¡Cómo! ¿Acaso no hay más gente en este lugar?” pregunté.

- “Fuera de los gendarmes, no”.

- “¿Y cómo me dices que llevas 8 años? ¿No era este un proyecto del actual gobierno que se inauguró hace un año apenas?”.

- “Públicamente, sí. Pero la realidad es diferente: Esta prisión tuvo muchos intentos de ser inaugurada, pero siempre faltaba algo. Yo fui el primero hace 8 años. Y este año, el primero has sido tú”.

Me parecía increíble: Salimos al patio, y no había nadie más que nosotros. Unos gendarmes también, claro, en las esquinas de la prisión, arriba, como centinelas. Pero en el patio, sólo Alberto y yo.

Transcurrieron 4 años así, sin que ningún otro prisionero llegara. Mi mujer me venía a visitar los jueves y los domingos con mi hijo, que crecía y se parecía cada vez más a mí. Como a Alberto nadie lo venía a ver, hicimos buena amistad los tres, y acostumbrábamos, con el permiso del alcaide de la prisión, quedarnos los domingos hasta más tarde charlando o jugando naipes. A veces se nos unía Patricio, quien finalmente me pidió lo disculpara por lo ocurrido el día de mi llegada, pero no toleraba que a quien en ese momento él creía un pedófilo se le tratara tan bien en una cárcel “de lujo” como ésta. Harry, mi abogado, solía venir 1 vez al mes, siempre con promesas de que me liberaría, pero nunca le creí en verdad, ya que siempre pasaba algo que ratificaba mi condena.

Teníamos muchas regalías, pero a diferencia de Alberto, que parecía resignado a su suerte, en mí crecía cada vez más la desesperación por no estar todos los días y noches con mi familia. Emilio nunca había venido a verme, y Nora, mi mujer, me decía que era por vergüenza de no haberme sacado de ese juicio en el que me condenaron, pero que se prometió nunca más hablar en público de lo ocurrido. Cada vez que pensaba en ello, me invadía una rabia enorme. Me imaginaba a un muchachito malcriado, y hasta afeminado, negándose sólo por capricho a declarar a mi favor para que me sacaran de prisión.

En silencio, estos pensamientos se me hicieron insoportables. Hasta que un día, le dije a Alberto: “Me voy a escapar de aquí”. Me miró sorprendido, pero con cara de complicidad: “¿Y cómo?”. “Aún no sé cómo. Pero sé que me voy a ir”.

Y la oportunidad llegó un martes, una semana exacta después de decidirlo. Bárbara era una auxiliar de enfermería que iba a prisión, una morenaza muy guapa y agradable en su trato. Siempre nos pedía ayuda para limpiar y ordenar una sala que parecía de operaciones, ubicada en el ala este del edificio. A pesar de que nunca vi un enfermo, no me cuestionaba qué hacía ese instrumental allí. La cárcel en sí era muy extraña; tenía espacios con gimnasios abandonados pero muy limpios, ventiladores gigantes al final de algunos pasillos, y esta sala en la que nunca había pacientes, pero yo me limitaba a barrer y poner en su lugar las cosas, igual que Alberto.

Fue en ese lugar que noté algo muy extraño a los pies de un mueble: Entraba luz. Se filtraba por una diminuta hendija pero…. Ese debía ser un muro de concreto de varios centímetros de ancho. Era el costado de la prisión que daba a la calle. ¿Qué sería? Fingí que se cayeron algunas cosas, y al agacharme introduje un espejito redondo y plano (de los que usan los dentistas) por la hendija, y con un ojo pegado al sitio en cuestión, corroboré mis sospechas: La calle. Mi corazón latió a prisa. Era como un niño que descubre un tesoro maravilloso, visto sólo en cuentos y fábulas. Me levanté a prisa. Bárbara me observó de forma rara, como si supiera algo. Disimulé, y continué barriendo. Pude haberlo planeado mejor, pude haber esperado un par de días, entrado cuando nadie estaba… Pero no. Como un rayo y con la fuerza que me daba la adrenalina moví como si fuese un juguete el gran mueble, y lo arrojé a un lado. Tomé la enorme camilla metálica, y comencé a golpear el muro que daba a la calle; bueno, muro entrecomillas, ya que justo lo que estaba tras la estantería no era más que dos puertas delgadas de algún tipo de madera. ¿Por qué estaban allí? No lo sé. Ya dije que el lugar era muy extraño. Pero no pensaba en nada más que en salir, y esta cama metálica sería lo que terminaría de abrirme las delicadas puertas, y llevarme hacia mi libertad. “¡Detente!” me gritaba Bárbara, como advirtiéndome de mi fracaso. “¡No lo lograrás, detente!”. Alberto sólo miraba apoyado en su escoba, con cara de susto. “Lo siento Joaquín…” fue lo último que oí de Bárbara antes de que cogiera una bolsa de género blanco llena de instrumental quirúrgico metálico, y me diera un golpe seco en la cabeza…

“¡Cómo se te ocurrió!” me decía Patricio, a quién le encargaron vigilarme en una nueva sesión de la corte. “¿Tu no lo habrías intentado?” le dije, justo para cuando Harry, mi abogado, me decía que ya debía entrar a la corte. “Sr. Gutiérrez, se le acusa de intentar escapar de la prisión, ¿es eso cierto?”. Contraviniendo todo lo que Harry me había dicho, guardé silencio. Me preguntaron un par de veces más, pensando que, como me encontraba sin abogado (Harry quedó gestionando documentos fuera de la corte) no sabía cómo defenderme, pero la verdad era que estaba absorto en lo amargo del fracaso de mi fuga, y ni siquiera recuerdo muy bien qué fue lo que la jueza me preguntó. “Bien, en vista de que el Sr. Gutiérrez se niega a cooperar, tomaremos la declaración del testigo clave, y de allí obtendré mayores antecedentes de este caso”. Eso sí lo escuché, y muy claro. ¿Un testigo clave? ¿Alberto? De ser así, estaba salvado. Alberto no iba a decir nada que me perjudicara más de lo que ya estaba. Pero si no era él… “Pase a declarar la Sra. Bárbara Santa María”. Bárbara entró, y me observó con una expresión que no supe cómo interpretar. Siempre fue muy afable con nosotros, pero no la conocía tan bien como para asegurar que ella, como Alberto, me defendería. A alguna distancia Nora me observaba, intranquila. Hubiese dado mi vida por no hacerla pasar otra vez por este amargo momento de verme allí una vez más, en el banquillo de los acusados. ¡Cómo pude fallar! Esas puertas eran tan delgadas, y no logré romperlas… “Señora Bárbara…” exclamó la jueza, con voz grave, “sepa usted que en vista de la negativa del Sr. Gutiérrez de declarar lo ocurrido el martes 18 de agosto del año en curso, será su testimonio en calidad de testigo presencial y clave del hecho lo que definirá la decisión de esta corte”. “Lo sé” contesto Bárbara, seca.

- “Sra. Santa María, ¿es cierto que usted golpeó en la cabeza al Sr. Gutiérrez porque él quería escapar?”.

- “Es cierto” respondió Bárbara, sepultando mi inocencia. Pero de inmediato agregó: “Es cierto que lo golpee en la cabeza, pero no porque quisiera escapar. Él estaba tendido bajo la camilla, y yo traía una falda muy corta ese día. Pensé que el muy descarado miraba mi ropa interior, y sin pensarlo, y por atrevido, dejé caer adrede la bolsa repleta de material en su cabeza”. Una sonrisa dibujé en mi rostro, disimulada claro, para que nadie se fuera a dar cuenta.

- “¿Y cómo explica que uno de los muebles del lugar estuviese en el suelo? Justamente el mueble que da a la calle” preguntó una incrédula jueza.

- “Le pedí a Alberto que moviera ese mueble para limpiar tras él; yo no tenía idea que allí habían puertas, o algo siquiera parecido. Pero a Alberto se le fue de las manos, y el gran armatoste vino a dar justo sobre la camilla. Fue entonces que Joaquín se tendió bajo la camilla para sujetarla desde abajo y no resbalara”. A Bárbara no se le movía ni un músculo; nadie notaba que mentía.

- “¿Es eso cierto, señor Riquelme?”. No lo había notado: Alberto Riquelme, mi compañero de prisión, estaba sentado a alguna distancia, a mi derecha, junto a un fiscal. “Sí su señoría”. Mi gran amigo Alberto me salvaba el pellejo.

Finalmente se declaró todo como un gran malentendido de algunos gendarmes, y fui feliz a saludar a Bárbara, a Alberto, y a mi esposa en los breves minutos que me dieron para ello antes de volver a prisión. “Amor, no creerás que lo que Bárbara dijo…” traté de excusarme. Sonrió: “Yo le di la idea” respondió. “La llamé y le pedí que no dijera que tratabas de huir, aunque ella me dijo que nunca pensó en acusarte”. “¿Y Joaquín?” le pregunté. “Está en la guardería de menores de la corte. Ve a verlo, yo voy al baño y te alcanzo” me contestó.

Estaba feliz. Sabía que era una felicidad inútil, porque mi primera condena se mantenía intacta, pero de algún modo me sentía más libre a pesar de todo, especialmente con el apoyo que Bárbara y Alberto me acababan de mostrar. Llegué sintiéndome muy bien a la puerta de madera perfectamente barnizada de la guardería. Me llamó la atención que las luces estuviesen apagadas. Miré por la ventana, y no se veía nadie. La habitación tenía un pequeño pasillo, así que abrí la puerta, y fui a ver si ese pasillo daba a alguna otra habitación. Sentí en el pecho como si mi hijo se hubiese perdido, aunque racionalmente me decía que en una corte ello sería sumamente improbable. Y entonces, en ese maldito pasillo que no daba a ninguna parte, lo vi: Sobre un mudador Harry tenía sentado a mi pequeño Joaquín, frente a él, con sus pantaloncitos bajo la rodilla. Con la mano derecha acariciaba la rodilla de mi hijo, mientras que con la izquierda trataba él mismo de quitarse el pantalón. “Nos vamos a divertir con este juego” le oí decir al pervertido. “¡Suéltalo hijo de puta!” grité, y lo levanté y arrojé contra el piso. En eso apareció Nora, y le grité que cerrara la puerta por dentro. “¡Este hijo de perra quería abusar de Joaquín!” le dije, mientras Harry se retorcía de dolor ante mis patadas. Nora vistió a Joaquín. “¡Váyanse!” les dije. “¡Pero…!” trató de interrumpirme mi mujer. “Váyanse. ¡Cuándo iba a ser libre si esta bestia estaba a cargo de mi defensa! Váyanse, Nora: No me voy a detener hasta matar a este enfermo; total, ya estoy condenado. Vete, o te culparán de cómplice. Cuida a Joaquín, haz como que no sabes nada, y en cuanto te sea posible, visítame en la prisión”. Nora se despidió de mí con un dulce beso, y a ella y a mi hijito los abracé con desesperación. “Salgan, y cuida que nadie los vea”.

Cansado de golpearlo, y sabiendo que Patricio y los demás gendarmes ya debían estarme buscando, amarré al desgraciado a una silla. En la puerta aparecieron Alberto y Patricio. “¡Joaquín, qué mierda hiciste!” me dijo Patricio. Alberto cerró la puerta tras sí. “Patricio, me dijiste que odiabas a los pedófilos. Todavía me duele el golpe que me diste al llegar a prisión. Esta es tu oportunidad. Esta escoria es pedófilo, lo encontré intentado abusar de mi hijo. Ahora es cuando, Patricio. Dispárale”. Patricio sacó su arma, pero temblaba: No, no sería capaz. “Yo lo hago entonces” le dije, y le arrebaté el arma de las manos. Pero de inmediato Alberto se puso de pie entre Harry y yo. “No lo hagas Joaquín”. Eso me tomó por sorpresa. Quedé paralizado un momento.

- “¿Qué haces, Alberto? ¡Muévete!” le grité.

- “No. Guarda el arma. No cargues con un homicidio”. Alberto sin dudas tenía autoridad para decirlo.

- “¡Pero intentó violar a mi hijo!” le grité.

- “Pero no lo hizo. Vas a vengar algo que no ocurrió, y te darán condena perpetua por ello. Joaquín: No lo hagas”. Me quitó el arma como si hubiese logrado inmovilizarme con sus palabras, y se la devolvió a Patricio. Las puertas se abrieron estrepitosamente; el cerdo de Harry había marcado desde su celular a la policía, y por el altavoz del aparato habían oído todo. “¡Alto, policía…!” resonó en la sala.

A Patricio lo tuvieron una semana detenido, pero lo restablecieron a sus funciones. A Alberto y a mí nos agregaron una causa: Intento de Homicidio. Estuve sin hablarle a ninguno de los dos durante varios días, culpándolos mentalmente de que el desgraciado de Harry Nebel siguiese vivo. Pero finalmente acepté la miserable realidad: Había sido mi cobardía de no tirar del gatillo lo que tenía a mi ex abogado con vida, y no la intervención de mis amigos. “Él es un abogado muy influyente, será difícil que la acusación de tu mujer de algún resultado” me dijo Patricio cuando volvimos a hablar. Pero si la justicia de los hombres tenía falencias, la divina pronto me sonrió.

Dos meses después del incidente, llegaba el tercer preso a nuestra cárcel. Y era nada menos que el señor Harry Nebel. Alberto y yo lo vimos pasar esposado. Nos vio de reojo. Esta era la justicia que yo esperaba. Lo mantuvieron semanas alejado de mí, pero un día en que me levanté de madrugada, me lo encontré en el patio, haciendo ejercicio. Caminé hacia él, pero me evitó, y se metió a uno de los pasillos. Aprovechando que le llevaba varios años de ventaja en conocimientos de la infraestructura del sitio, me fui por otro camino, siguiéndolo sin que él lo notara, como un felino a su presa. El maldito miraba cada cierto tiempo atrás para ver si yo lo seguía. Sus pasos se habían hecho torpes, y sudaba. Yo en verdad estaba en un pasillo paralelo al de él, y lo observaba desde adelante, con varios pasos de ventaja. De pronto creyó que ya no lo seguía, y se desvió a la derecha. Pero eso interfería con el plan que yo había urdido desde que él había llegado. Me apresuré sigiloso, me colgué de unos ductos, y pasé casi sobre su cabeza, pero no lo notó el muy imbécil. Me ubiqué en la dirección hacia la que él se dirigía, tras un tacho de basura, y le dije: “Te voy a matar”. El cerdo no supo de dónde venía mi voz, y echó a correr hacia la izquierda, justo como debía ser.

Me adelanté. Corrí casi sin tocar el suelo, sin respirar siquiera para no hacer ningún ruido, y fui ubicándome en diferentes lugares estratégicos del solitario lugar, gritándole sin que él viera de dónde, que lo mataría. Así fue como lo conduje a la sección V de la prisión, a uno de los pasillos. Sin salida, por cierto, ya que un enorme ventilador le cortó el paso. “Hola hijo de perra” le dije, jadeando de cansancio, como un galgo que al fin acorrala al conejo. El horror se dibujó en la cara del infeliz, que comenzó a pedir ayuda a gritos. “Nadie te va a defender, pedazo de mierda. El ventilador apaga tu voz. Nadie te escucha” le dije. Harry comenzó a retroceder, gritando, llorando, mientras yo disfrutaba cada paso hacia él. “Si me matas, nunca saldrás de aquí” me dijo, en un tono de amenaza que no era suficiente para ocultar el terror que sentía. No le presté atención; ya estaba a dos pasos de él. El muy marica comenzó a llorar: “¡No me mates! ¡Por favor, te lo suplico, no me mates! ¡Yo no le hice nada a tu hijo! ¡No me mates, por piedad…!”. Pero antes de dejarlo terminar, rápido como un rayo puse mi mano derecha alrededor de su cuello, y comencé a apretar y a empujarlo hacia atrás. “¡Por favor, no me mates…!” dijo por última vez antes de que su cuerpo entero, empezando por su cabeza, fuera picado por el enorme ventilador, frente a mis ojos.


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