KAWÉSQAR

El mundo cambia rápidamente. También el viento sur, que arrastra tu historia. Lo sé; tu vida en tierra seca se consume. Se enreda en estas sábanas ásperas, que no te dejan ir a remar.

Pero pronta está la hora. Sonríe, que volverá tu desnudez a cubrirse con la grasa de las focas que te regalaron los canales. Volverá la libertad de la lluvia y del viento a impulsar tu bote oscuro y silencioso como un milagro en medio del temporal.

Tus labios pronuncian dichos que nadie más puede entender. A Chile no le importó aprenderlos. Así cuida a la última de sus madres sureñas. Con olvido.

El viento frío permanece. Fustiga las mejillas de los valientes que se quedaron en Puerto Edén. Esos que cuentan tus historias al salir a pescar, o cuando vuelven con la salida del sol, al lugar de los caminos de palo.

Allá vas a estar. Allá vas a estar con el fuego en el bote. Con las olas imitando el movimiento de tus cabellos al viento sur. Allá vas a estar tú, la última. En el océano, el gran canal donde van a remar todos los kawésqar.

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