UMA

En pleno año 2011, era llevada como esclava para que el mejor postor se quedara con ella. “Uma, ven y te enseñaré a cocinar las raíces de ese árbol…”. Recordaba claramente las palabras de su abuela. Recordaba claramente sus carreras descalza con los niños de su aldea, en los días brillantes del verano. Y recordaba claramente los días de invierno cuando de cara al cielo recibía las gotas que como una bendición resbalaban por su vestido, al mismo tiempo que regaban las cosechas y llenaban las ollas de los aldeanos, que atesoraban esos momentos.

Pero ahora era conducida como una esclava, encadenada, con los ojos vendados con algo que parecía hecho de piedra, fría y oscura. Pensó que escaparía, y denunciaría al gobierno de su país la situación, pero pronto desestimó aquella vana esperanza, porque ya había escuchado rumores de cómo a otras muchachas de tribus cercanas les había ocurrido lo mismo, y se decía que siempre se veía a funcionarios gubernamentales junto a los traficantes de esclavas, recibiendo generosas sumas de dinero por guiar a los esclavistas hasta las tribus, y hasta ayudarlos a elegir a las más bellas y sanas para el sucio negocio. Su corazón se apretó de miedo, como el de un niño asustado, cuando recordó las historias de quienes decían haber visto a aquellas que ya no les servían a sus dueños, y sus cadáveres eran encontrados putrefactos en pantanos abandonados, cubiertos con basura, y a los que ni los ratones se acercaban. ¿Sería ese el destino de ella? ¿De ella, que hasta antes de la llegada de los ladrones de esclavas era una hembra joven, bella, llena de vida, de sonrisa fresca y paso diáfano? De sus ojos brotaron lágrimas que iban a parar a sus labios, y bajaban como esteros amargos por su cuello. Su padre le había enseñado que todos eran parte del milagro de la vida, pero ahora la arrancaban del lado de sus padres, parientes, amigos, y de la tierra maravillosa en la que había crecido.

Un nuevo temor enturbió su pensamiento: ¿Y si este robo miserable estaba ocurriendo en otras aldeas, a otras jóvenes? No quería imaginarlo siquiera. ¿Y si además de en este país, estaba pasando en otros? Tal vez, en todo el mundo… ¿Qué les pasaría a las tribus si todas las mujeres fértiles seguían el destino de ella? Los habitantes se volverían tristes, secos, y como tanto temía su padre, el peor miedo de un nativo se haría realidad: Emigrarían a las ciudades en busca de otras mujeres, a esas ciudades cuyo ruido hace doler las orejas, donde abunda ese aire que rasguña el pecho desde dentro, como gato montés mañoso…

Desesperada, comenzó a palpar en la oscuridad, pero no había siquiera una ranura por donde filtrar una mirada, o un suspiro. Se sentía ahogada. Sus lágrimas se hicieron intensas, como la lluvia que hace un momento había recordado. De súbito, un ruido sordo lo llenó todo. Y entendió. Entendió dónde estaba, y no tuvo más remedio que aceptar su fatídico y mortal destino. Hubiese querido morir en mucho tiempo más, vieja y satisfecha de años, llena de hijos a los que dio de beber el líquido nutritivo que la naturaleza regala a las madres. Visualizó a sus padres y a sus hermanos buscándola, llamándola a gritos por todas partes, hasta en la ciudad, hacinados y hambrientos. Sí, ella quería partir en paz, irse al cielo, como todos, y en vez de eso, una angustia terrible se diluía en su corazón. Resignada, dedicó su último pensamiento al río del que la habían robado. Supo que el sonido metálico que lo llenaba todo era una llave, un grifo, que se abría. Y aquello frío que cubría sus ojos cristalinos, era una cañería. El cuerpo líquido y transparente de Uma terminaba el largo y penoso recorrido, muy lejos del pueblo y la tierra a la que por siempre había pertenecido.

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