ÁNGEL GUARDIÁN

El ateo de la silla de ruedas nunca se dio cuenta. Su ángel guardián llegó 15 minutos antes que él al paradero; era aquel hombre gordo de camisa blanca que hizo parar la micro. Era aquel muchacho de audífonos que bajó la rampa y lo ayudó a subir. Y era el hombre de polerón negro, que luego lo ayudó a bajar. 

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